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RECETAS PARA MIS HIJOS

 

 

Hace mucho tiempo que me estaba dando vueltas en la cabeza el comenzar a escribirles a mi hijo Ezequiel y a mi hija Lucía. El problema principal radicaba en que no sabía muy bien sobre qué tema, especialmente porque no quería terminar pareciéndome a San Martín con sus máximas a Merceditas. Si para algo soy bastante mala es para conseguir que mis hijos, ambos dos, me hagan caso, de modo que poco les significaría que les dejase consejos como legado.

Y pensando y pensando (a veces, también, descansaba) tomé la determinación de dejarles las recetas más queridas, las que siempre me gustaron a mí y algunas, muchas, a ellos también. Otras vienen de yapa, porque en la variedad está el gusto y quizás, algún día, se animen a probarlas también.

Otro motivo importante que tengo,  es el hecho de que de las cosas de la casa, de esas que compartimos a puertas cerradas, la única que me gusta y me interesa es la cocina (la de cocinar, no la de limpiar).

Será porque, incluso ahora, habiendo pasado tantos años, todavía me acuerdo de la abuela Teresa acarreando los bolsos repletos de albóndigas y panqueques de jamón y queso, de una punta a la otra de la ciudad. Tengo todavía los olores de algunas comidas de mi mamá: los buñuelos de manzana,  las acelgas salteadas con ajo, las torrijas con miel. Esto es bastante extraño, ya que muy poquito me acuerdo de ella. Creo que la conozco más por las fotos que atesoro y por esos olorcitos calentitos y ricos, que por otras razones. Siempre pienso que de poder elegir, me hubiera gustado poder despedirme de ella o viceversa, que fuera ella la que lo hiciera. Y ahora que lo pienso, entre los objetos que sigo arrastrando por el mundo, está el recetario de Doña Petrona C. de Gandulfo, con sus hojas amarillas casi apergaminadas y la firma manuscrita de Nelly Martha Robbiano de Córdoba, mi mamá. Será por eso que me gusta tanto cocinar…